Antonio Ortiz Mena López Negrete* y Gustavo
Iruegas Evaristo**
* Doctor en Ciencia Política por la Universidad de
California y director de la División de Estudios Internacionales
del Centro de Investigación y Docencia Económicas
(CIDE). ** Profesor e investigador en la Universidad Iberoamericana
y articulista en La Jornada
Julio 2003
Antonio Ortiz Mena López Negrete (AOMLN).- ¿Conviene
que México busque estrechar sus lazos económicos
con América Latina, dado que durante muchos años
América Latina trató de integrarse primero con la
ALADI? ¿Procedería buscar una profundización
de nuestra integración comercial con Estados Unidos, o
en su caso con la Unión Europea, que ahora está
integrada por 25 países? ¿No sería la búsqueda
de lazos más estrechos con América Latina un mecanismo
un tanto demagógico, sin sustento; una búsqueda
de tiempos pasados que no pueden volver?
Gustavo Iruegas Evaristo (GIE).- La integración es un
asunto un tanto demagógico pero también ha sido
una cuestión histórica.
Quiero plantear de forma separada cómo entender la integración
y cómo entender a América Latina.
En términos de integración propongo revisar el
contenido mismo de la palabra. Integrar es hacer de varios uno.
Sin embargo se ha abusado mucho de la expresión integración,
a veces se ha deformado y en muchas ocasiones se ha planteado
que debe empezar por el comercio sino no evoluciona de manera
satisfactoria.
Un ejemplo muy importante de integración es Europa, por
supuesto esto no quiere decir que tenemos que seguir el modelo
europeo, de hecho, haberlo intentado es una de las razones por
la cual en México no ha prosperado mucho esta idea. La
integración tiene como factor eficiente que las sociedades
integrales sean homogéneas. La Unión Europea es
una unión de sociedades de clase media en general, con
niveles de desarrollo similares. En sentido contrario, se encuentra
la integración de México a Estados Unidos, a través
del Tratado de Libre Comercio (TLC), se vincula el desarrollo
mexicano con la economía estadounidense.
Sin embargo, por fuerte que sea este compromiso de asociación
creciente entre México y Estados Unidos, en el futuro previsible
no tenemos asegurada dicha integración debido al factor
eficiente de "homogeneidad de las sociedades". Basta
considerar que el 80 % de los mexicanos no calificamos para integrarnos
a la sociedad estadounidense; razón por la que la migración,
termina siendo un asunto difícil de admitir. Por otro lado,
para platicar un poco sobre América Latina, es muy interesante
saber que su propio nombre está relacionado de cierta forma
con su vecino del Norte.
Sucede que Estados Unidos no tiene gentilicio, en español,
a veces decimos estadounidenses, otras ocasiones; gringos y cuando
queremos ser más amables decimos americanos, que es como
ellos quieres ser llamados, pero eso nos deja la tarea de buscarnos
un apellido. ¿Cuál es ese apellido? Latinos ¿Dónde
surgió este apellido? Parece que en los designios de Napoleón
III, para tratar de poner un límite al expansionismo norteamericano,
agregó a la idea de los países hispánicos
y luego iberoamericanos a Haití, y entonces llamó
al conjunto América Latina. Así, indirectamente,
este nombre propio resolvió el problema a Estados Unidos
y a países europeos para referirse al resto de América.
Esta América Latina es una identidad que compartimos los
nacionales de los países ubicados al Sur del Río
Bravo, pero no existe como una entidad, no hay nada que específicamente
se pueda llamar América Latina.
América latina no existe más allá de la
identidad que todos los latinoamericanos asumimos. Desde la Anfictionía,
desde los intentos del Libertador, Simón Bolívar,
América Latina no pretendía ir más allá
de una confederación, que además no se logró.
Aunque el Libertador no había invitado a Estado Unidos,
el presidente de Colombia, Francisco de Paula Santander sí
lo hizo. Finalmente, Estados Unidos no llegó pero ya estaba
ahí el germen de lo que ha sido el panamericanismo, que
es una expresión excluyente de América Latina. En
concreto, toda América era válida pero no así,
América Latina, concepción que trascendió
hasta a finales del siglo XIX cuando se realizó la primera
Reunión Interamericana que consolidó la concepción
de las relaciones multilaterales en la región del continente.
En la Posguerra, se crea la OEA y otra serie de tratados y acuerdos
que son base del sistema interamericano y que permiten consolidar
nuestra organización regional. Resulta interesante saber
que estos esfuerzos entre nacionales tenían como sustento
dos conceptos: la seguridad hemisférica y la seguridad
nacional. Estados Unidos utilizó este binomio conceptual
para enfrentar a la Unión Soviética y a sus aliados;
de tal forma que éste era el encargado de defender al Hemisferio
del enemigo soviético mientras que los ejércitos
latinoamericanos tenían la misión de combatir a
la quinta columna, que era todo el movimiento progresista en los
países latinoamericanos constituido por los partidos comunistas,
las guerrillas, sindicatos y movimientos populares de toda índole.
Con la concepción de la OEA también surge el esfuerzo
europeo por la unificación, pocos años más
tarde, en América Latina, se crea la Asociación
Latinoamericana de Libre Comercio, cuyo tratado aspiraba en el
texto a la integración, pero en el nombre sólo al
libre comercio, por la vía de la concertación de
tratados amplios en los que estuvieran sus miembros de América
del Sur, ya que no estaban incluidos México, los países
de El Caribe y de América Central. Después de 20
años esta asociación fracasó y se transformó
en la ALADI, que ahora se llama Asociación Latinoamericana
de Integración, pero en su texto reduce la estrategia a
admitir como elemento de integración cualquier tratado
de libre comercio que se hace con la intención crear una
gran zona como si estos tratados fueran generales.
La gran pregunta es ¿por qué con nosotros no funciona
este intento de integración por la vía económica
y en Europa sí? Una respuesta general sería porque
la economía europea es fundamentalmente endógena
y las economías latinoamericanas están vinculadas
en su mayor parte a Estados Unidos y a Europa, de tal manera que
nuestro esfuerzo se reduce a la pequeña parte de la economía
que trabajamos al interior de la región y lo demás
no lo afecta. Entonces la posibilidad de progreso es realmente
muy lenta. Por otro lado, la ALADI tiene ya 24 años y tampoco
ha funcionado; los tratados se registran pero no hay negociaciones.
Existen otros esfuerzos regionales como los centroamericanos,
el más avanzado es el MERCOSUR, que aunque se pensó
originalmente como una organización de regionalismo cerrado,
la realidad los ha obligado a abrirse.
También tenemos la respuesta de Estados Unidos para el
libre comercio inserta en el panamericanismo que es el Tratado
de Libre Comercio de las Américas, que surge con las reuniones
de los presidentes de América, menos Cuba, convocados por
Estados Unidos, casi inmediatamente después de que en América
Latina se organiza una reunión cumbre entre los países
latinoamericanos, España y Portugal.
Los antecedentes señalados han tenido un efecto muy fuerte
en el desarrollo de la comunicación política y diplomática
de los gobiernos en América Latina. Digamos que el gran
impulso de los contactos y comunicaciones se da a partir del éxito
que tiene el esfuerzo de Contadora, que contó con mucha
difusión, aunque sus verdaderos propósitos no fueron
conocidos en su momento y tienen mucho que ver con la seguridad
en México más que con la colaboración exterior.
El éxito que tuvieron los países que formaban Contadora
(Venezuela, Colombia, Panamá y México) y los países
que se acercaron como amigos del Sur de América, para apoyar
los esfuerzos diplomáticos orientados a atenuar los efectos
de la guerra, sirvió como un grupo de concertación
política permanente.
Contadora no era una organización pues no contaba con personalidad
propia era una instancia donde se reunían representantes
de diversos niveles de gobiernos para discutir los temas y problemas
del momento. Cuando el Grupo de los Ocho se creó en América
de Sur se planteó la necesidad de integrar a Chile y automáticamente
a Ecuador y Bolivia. Se empezaba a reproducir, entonces, el esquema
de ALADI.
México promovió que se integrara Centroamérica
y Venezuela; El Caribe. Esta fue la base de lo que después
se llamó El Grupo de Río, en donde estaban representados
todos los países latinoamericanos, los caribeños,
con un solo representante, pero Cuba no; lo cual reflejaba la
concepción panamericana.
Con este panorama la Unión Europea empezó a interesarse
en participar en la reconstrucción de Centroamérica
y estableció el mecanismo de reuniones anuales de cancilleres.
Asimismo dio lugar a una reunión entre los cancilleres
del Grupo de Río y los cancilleres de la Unión Europea.
Era una tarea difícil porque a Europa le molestaba mucho
la idea de que teniendo personalidad para concretar acuerdos formales
de toda clase tuviera que reunirse a concertar con algo que no
existía: con América Latina, con cancilleres que
no podían hablar a nombre de América Latina.
Hace unas semanas en Guadalajara, Jalisco, se registró
un mecanismo de asociación estratégica. En la reunión
de Jefes de Estado, gracias a la gestión francesa dejó
de utilizarse al Grupo de Río como el interlocutor porque
se agregó Cuba, entonces cambió el formato. Ahora
es América Latina y El Caribe, con gran peso en la OEA
si se considera que los países de El Caribe tienen 14 votos
y Estados Unidos, Canadá, Brasil y México tienen
cuatro. Además, debe recordarse que al constituirse la
OEA decía que el derecho propio de cualquier Estado de
la región era ser parte de esta organización.
En este sentido, los países han encontrado mucho más
cómodo ir con sus propios votos tanto en la Organización
de Naciones Unidas como en la OEA y asociarse mejor a América
Latina que a Estados Unidos. Por eso tenemos toda esta distribución
del poder de voto bastante deformada.
En América Latina tenemos OEA, donde es lógicamente
hegemónico Estados Unidos, tenemos ALADI, mecanismos como
el Grupo de Río, contacto con Europa, ejercicios regionales
con poco éxito, sin embargo; lo único que no tenemos
es la organización latinoamericana que pudiera tener personalidad
propia y capacidad de negociación. En resumen, recomiendo
a cualquier gobierno mexicano convertirse en promotor de la creación
de la Organización de Estados Latinoamericanos.
Antonio Ortiz Mena López Negrete (AOMLN).- ¿Por
qué hay dudas sobre la factibilidad de la integración
latinoamericana? Coincido con la idea de que no hay un proyecto
claro de nación y por eso hay que ser perseverantes y tenaces
en la lucha por resolver los principales problemas de la nación.
Para evaluar la política exterior de México, entre
la que se encuentra la relación con América Latina,
es importante considerar los principales problemas que tiene nuestro
país como la pobreza, la distribución inequitativa
del ingreso y la soberanía.
En mi opinión, no debe haber demasiado temor ante una profunda
integración económica con Estados Unidos, recordemos
que a finales de la Segunda Guerra Mundial, el economista y filósofo
Albert Hirschman analizó la estrategia económica
del régimen nazi para lograr que los países vecinos
se volvieran dependientes económicos de Alemania y cómo,
una vez que lo lograba, la Alemania nazi conducía implícitamente
o explícitamente la política exterior de tales países.
Su conclusión fue que se requería de un control
político centralizado. En Estados Unidos existe una gran
dispersión del poder político, por ello resulta
muy difícil concretar acuerdos con este país pues
se requieren consultas con el presidente, los senadores, los congresistas,
los gobernadores, etcétera.
Actualmente, los problemas de la concentración económica
son exclusivamente de esa índole "económica",
razón por lo cual cuando hay una desaceleración
de la economía estadounidense también hay una desaceleración
de la economía mexicana.
Desde este punto de vista sí es muy conveniente buscar
una diversificación de los lazos comerciales.
América Latina sí puede desempeñar un papel
muy importante para México ya que ha firmado una amplia
gama de tratados de libre comercio y una gran colección
de acuerdos de complementación económica con países
latinos, pero estos instrumentos no se han utilizado de manera
adecuada pues no existen mecanismos de financiamiento y de seguimiento.
En concreto, no es inviable una mayor integración de México
con América Latina pero hacen faltan mecanismos de impulso
de los tratados para que sean utilizados cabalmente. En este sentido,
hace falta más trabajo en la relación bilateral
México-Brasil, porque es un país clave.
Se requiere de gran imaginación y de valentía para
no incurrir en los errores del pasado, como en la crisis de la
deuda de los ochenta cuando México y Brasil asumieron estrategias
paralelas. En la actualidad, ambos países no siempre actúan
de manera concertada en las negociaciones de la Organización
de Naciones Unidas o en la Organización Mundial de Comercio.
El gran reto para México, en tales circunstancias, es definir
de manera estratégica su relación de largo plazo
con Brasil.
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