Agradezco a México Posible la invitación para participar
en esta reflexión sobre los caminos de la izquierda, que
va a permitir revisar y discutir las ideas y posiciones de las
fuerzas progresistas, así como su responsabilidad y el
papel que debieran jugar en las transformaciones inmediatas y
mediatas que reclama nuestro país.
Habrá que empezar por preguntarse de qué fuerzas
políticas estamos hablando, pues entre aquellas que se
autodefinen como de izquierda, se encuentra una extensa gama en
las que unas y otras se diferencian no sólo por sus concepciones
ideológicas y sus posiciones ante el acontecer nacional
e internacional, sino también por los procedimientos que
adoptan en su acción para alcanzar los objetivos que se
proponen.
¿Quiénes están en la izquierda? ¿Por
qué lucha la izquierda? Aceptando que no hay nadie que
pueda determinar o a quien se reconozca autoridad para establecer
quien está o no en la izquierda, y sin entrar a discutir
a quien se considera o no como parte de ella dentro del espectro
de las fuerzas políticas, ni tampoco sobre la validez o
vigencia de las distintas corrientes del pensamiento que en la
interpretación general se colocan en la izquierda, me parece
que lo que mejor puede aclarar las cosas, son los contenidos y
finalidades que cada individuo o cada agrupamiento da a los esfuerzos
que emprende o a las luchas con las cuales se involucra, trátese
del debate ideológico, de la posición sobre la coyuntura
del momento, la discusión sobre los métodos de acción
o los objetivos que se persiguen.
En lo personal, considero que se está en la izquierda
cuando se aceptan, para establecer normas de conducta pública
y privada, y se promueven, los valores de la igualdad, la libertad,
la independencia, la solidaridad entre los hombres y entre los
pueblos, el trabajo, el progreso, el bienestar, la democracia,
la tolerancia, la justicia, la paz, y se rechaza y combate con
energía todo tipo de explotación, así como
el uso de la fuerza para resolver controversias, trátese
de individuos, trátese de naciones. Y, por otro lado, cuando
se anteponen los intereses colectivos a los individuales.
* * *
Para la izquierda mexicana, los tiempos actuales son los de la
búsqueda de un posicionamiento que haga viable un cambio
de fondo en nuestro país. Son tiempos para esforzarse en
crecer y en buscar coincidencias con los más diversos sectores
de la sociedad que estén luchando por finalidades similares.
Son tiempos también para mostrar, al través de las
acciones que se emprendan y de las propuestas que se vayan haciendo,
que se sabe a donde se quiere conducir al país y que se
sabe cómo hacerlo.
En la circunstancia política de hoy, con tres años
transcurridos de administración foxista, después
de la elección de medio período, la gente está
esperando las propuestas de la izquierda y quisiera encontrar
en ellas no sólo la crítica, ciertamente válida
a una mala gestión, sino tanto caminos claros a seguir
para dar solución a los problemas del país y de
la gente, como aquello que las diferencie de las que se hacen
desde las posiciones conservadoras y entreguistas.
En tiempos políticos recientes ha sido frecuente escuchar
que desde cierta izquierda se declare –y en la práctica
se busque- que hay que ganar o que hay que correrse al centro.
Me parece un error y un error grave, que, entre otras cosas, ha
desdibujado a la izquierda ante la opinión pública
y la ha llevado a fuertes tropiezos políticos. Se perdió
de vista que el centro es parálisis: ni para atrás
ni para adelante, ni a la izquierda ni a la derecha, ni para arriba
ni para abajo. Esa actitud ha sido entendida por importantes sectores
de la opinión pública, más que como una actitud
adoptada con el propósito de extender los apoyos y fortalecer
una opción, como una actitud de pérdida de confianza
en las ideas y en las propuestas propias o como un viraje hacia
el campo contrario por seguir lo que en cierto modo ha sido una
moda, que en lo general, ha dado aquí y fuera de aquí,
malos resultados políticos. Ahí está Blair,
para no ir más lejos.
Mantenerse en la izquierda no significa caer en planteamientos
o adoptar posiciones fuera de la realidad, tratar de acelerar
irracional o irresponsablemente los tiempos, o ir a choques en
condiciones de evidente desventaja, ni dejar de establecer acuerdos
o anudar alianzas, sobre cuestiones programáticas o coyunturales,
con fuerzas políticas de signo diferente.
Si algo ha caracterizado a la izquierda a lo largo de la historia,
ha sido la inteligencia y la audacia para moverse hacia delante,
para que aprovechando las circunstancias, con los pies en la tierra
y sin desconocer realidades, puedan impulsarse sus proyectos políticos.
Ser de izquierda y mantenerse en la izquierda, es mantener apego
a los principios y en ninguna circunstancia pasar sobre ellos.
La oportunidad y el pragmatismo que reclama la acción,
no pueden substituirse por el oportunismo y la claudicación,
y pensar que se sigue en la misma posición y pensar sobre
todo, que los demás no se dan cuenta del cambio.
Nuestras propuestas deben llevar como propósito tanto
participar y tratar de resolver, de acuerdo a nuestros principios
y objetivos, la coyuntura actual, como tener un planteamiento
claro para el plazo medio y largo. El planteamiento claro convence,
convoca y moviliza. La indefinición y la claudicación
repelen y paralizan.
La importancia de una propuesta no reside solamente en que deja
ver con toda nitidez lo que se está proponiendo y cómo
se prevé realizarlo, sino en que establece compromiso con
la gente y le abre a ésta la oportunidad de valorar, por
una parte, si tanto organizaciones como individuos cumplen con
el compromiso que públicamente contrajeron, y, por el otro,
le otorga autoridad para, en caso dado, reclamar y exigir.
Nuestras propuestas, además de plantear soluciones reales
y de fondo a los problemas, deben servir para convocar a la acción
convergente con otras fuerzas, de modo que los objetivos se alcancen
con las dificultades menores.
* * *
En la controversia política actual, los campos se definen
de acuerdo a las posiciones que se adoptan en torno a los problemas
principales, sean éstos nacionales o internacionales. Por
ejemplo, en el plano nacional, la ubicación política
se da según las actitudes que se asuman respecto a la política
petrolera, en particular en relación a si se consideran
o no constitucionales los contratos de servicios múltiples
que Pemex está otorgando para explorar y extraer gas, a
si el mercado de los grandes consumidores de electricidad debe
cederse o no a intereses privados, a la autonomía o subordinación
de nuestro país en su inserción en el orden mundial
y en especial en el orden continental, a la valoración
cualitativa que se haga de la relación con Estados Unidos
y el proyecto de Área de libre comercio de las Américas
que trata de imponer el Presidente Bush, a los grupos de población
sobre los que debe descansar la reforma hacendaria, a los derechos
de la mujer, a la forma de enfrentar el conflicto de Chiapas,
los casos de los Amigos de Fox, Pemexgate y Fobaproa-Ipab, al
papel y responsabilidades del Estado.
En lo internacional, los campos se definen hoy en función
de las posiciones que se toman en relación si se acepta
o no como una situación inmodificable la hegemonía
mundial que ejerce Estados Unidos y las hegemonías regionales,
a quienes deben ser los beneficiarios de los procesos de globalización
y de integración multinacional, a si se considera la guerra
preventiva como un instrumento válido de política
internacional o se le sigue calificando, como lo hizo el tribunal
de Nuremberg, como un crimen contra la humanidad, si tienen o
no respaldo moral las intervenciones humanitarias, si desde cualquier
punto de vista son admisibles las guerras que desató por
decisión unilateral la administración Bush contra
Afganistán e Irak y la ocupación militar que Estados
Unidos mantiene en aquel país.
En nuestro caso, el debate público del momento se ha centrado,
entre otros temas, en las cuestiones energéticas y en la
reestructuración continental que plantea el ALCA.
Con la puesta en vigor de los contratos de servicios múltiples,
se está transfiriendo a entidades privadas, que de acuerdo
a las adjudicaciones ya hechas son extranjeras, la responsabilidad
de la exploración y extracción de gas natural, que
son actividades que la Constitución reserva para que las
realice exclusivamente el Estado mexicano.
La gravedad de estar haciendo estas adjudicaciones radica no
sólo en que el gobierno, que es el más obligado
a cumplir con la ley, viola principios constitucionales, sino
también en que con ello se refuerza una política
que está eliminando al interés nacional de los objetivos
y de las decisiones y responsabilidades de ejecución de
la política energética del país, que se está
decidiendo desde Washington y está ya orientada a servir
con prioridad a la economía norteamericana.
Entregar, como se está haciendo, la conducción
de la política energética a una potencia extranjera,
a más de constituir un crimen de lesa patria, resta elementos
al país para definir los rumbos de su desenvolvimiento.
Disminuye la capacidad de decisión soberana.
El petróleo, en una política patriótica
e inteligente, debiera volver a ser el recurso cuyo aprovechamiento
se constituyera en motor y conductor del proceso de industrialización
y del crecimiento económico del país. Para ello,
principio básico de una nueva política energética
debieran ser –además de la estricta observancia de
las leyes- tender a reducir la exportación de crudo y substituirla
con exportaciones de petroquímicos y refinados producidos
dentro del país. Habrá que comenzar por la cancelación
de los contratos de servicios múltiples y por orientar
el aprovechamiento del gas de la cuenca de Burgos, a satisfacer
necesidades nacionales, substituyendo así las fuertes importaciones
que ahora se realizan, pues al haberse abandonado ya por décadas
la exploración y la captación del gas, México
se volvió deficitario en este producto, a pesar de los
abundantes yacimientos con que cuenta.
Fox y sus colaboradores han sostenido reiteradamente que ni Pemex
ni la Comisión Federal de Electricidad se privatizarán.
Esto, en un sentido, es cierto: ni edificios de oficinas, ni líneas
de transmisión, ni industrias obsoletas, ni plantas generadoras
que reclaman modernización pretenden venderse a grupos
privados. Lo que el gobierno quiere, es dejar el mercado de los
grandes consumidores de electricidad, que es el que mayores utilidades
genera y menos dificultades ofrece en su operación, a intereses
privados, que en las condiciones en las que se plantea la privatización
sólo pueden ser extranjeros, y dejar en el conjunto del
sector, como en este caso del mercado eléctrico, los grandes
negocios de la industria energética para los grupos privados.
Se pretende, por otro lado, que toda el área de la energía
se reestructure para que opere de acuerdo a los intereses que
en la actualidad dominan y deciden la vida política y financiera
de los Estados Unidos, que, no se pierda de vista, son los grandes
consorcios de la energía y en particular del petróleo.
La lucha en el fondo, entonces, no es por la privatización
o no privatización de áreas básicas de la
energía, sino por las finalidades de fondo y de largo plazo
que se asignen y al manejo que se haga para el desenvolvimiento
de este sector, que es fundamental en toda economía. Lo
que está por lo tanto en juego, es si petróleo y
electricidad se aprovechan para desarrollar toda nuestra potencialidad
productiva para beneficio del país y de su gente, o si
estos recursos se enajenan para servir a intereses ajenos, cancelando
así no sólo posibilidades de progreso, sino condiciones
de independencia y autonomía para nuestro país.
En un orden internacional como el actual, cuya marcha la decide
la hegemonía dominante de los Estados Unidos, países
como el nuestro no tienen ninguna oportunidad de resolver sus
grandes problemas sociales y económicos, ni de insertarse
en los procesos de globalización con la posibilidad de
aprovechar sus ventajas.
En el orden vigente, la perspectiva de América Latina
y el Caribe, sobre todo de llevarse a cabo la creación
del Área de libre comercio de las Américas, en los
términos en que la impulsa el gobierno de los Estados Unidos,
es la de la afirmación del control que ya ejerce la economía
norteamericana sobre las del resto del continente, que quedarían
como simples complementos de ella, y con lo que el destino mismo
de nuestras naciones estaría sujeto de manera aun más
determinante, a las decisiones norteamericanas, y si vemos los
planteamientos y las experiencias que surgen del Acuerdo de libre
comercio de América del Norte, del Plan Puebla-Panamá,
del Plan Colombia, de crearse el ALCA, América Latina y
el Caribe avanzarían aceleradamente para convertirse y
así consolidarse por un largo plazo, en grandes zonas de
maquila, con una industrialización de bajo desarrollo tecnológico,
en países en los que se hagan crecientes las diferencias
sociales, que se constituyan en proveedores de mano de obra barata
y desprotegida social y políticamente para la economía
de Estados Unidos, que verían, por otro lado, una cada
vez mayor militarización de su vida interna y la transformación
de sus ejércitos en policías locales, perdiendo
en lo político la capacidad de decisión autónoma
que les queda.
Así, América Latina y el Caribe sólo compartirían
la globalización de la miseria, del atraso, de las enfermedades
curables, de la exclusión social, y no participarían,
sino muy marginalmente y sólo en los cada vez más
reducidos sectores concentradores de la riqueza, de la globalización
del progreso, el bienestar, los conocimientos, la participación.
Frente a este riesgo, la respuesta de nuestras naciones debe
ser la de impulsar, ampliar y fortalecer los procesos autónomos
de integración política y económica que se
están dando en la región, para sumarse y aprovechar
las tendencias positivas de la globalización y hacer entender
a las grandes potencias que sólo en un mundo de igualdad
y solidaridad fraterna hay futuro para todos, que la humanidad
no puede estar regida por la voluntad de uno solo, que no respeta
pactos ni tiene principios, y que decide quien es bueno y quien
es malo en el mundo y cómo se premia o cómo se castiga.
En la construcción de un nuevo orden mundial de equidad
y de justicia, los países de América Latina y el
Caribe, sumándose y aprovechando las corrientes positivas
de la globalización, deben propugnar por su unidad política
y económica, en la que se encuentra hoy la única
posibilidad para que resuelvan favorablemente los problemas de
su gente, de sus economías y de su relación con
el resto del mundo.
* * *
Sin lugar a equivocarnos, puede afirmarse que México se
encuentra en un tránsito inacabado hacia un sistema político
democrático, y que en el abanico de las fuerzas políticas
aparece una izquierda dispersa y en ciertos casos, incluso de
grupos confrontados entre si.
El 2 de julio del 2000 vio su fin el régimen de partido
de Estado y México creyó conocer la alternancia
política. Por un tiempo creímos que el cambio cualitativo
en la relación del Presidente de la República con
su partido y el que gobernara un partido distinto al PRI era sólo
obra de un voto ciudadano mayoritario. Creíamos haber avanzado
en la transparencia electoral y que el respeto al sufragio era
un logro de la fortaleza democrática de la ciudadanía.
Hoy nadie puede tener certeza de qué fue lo que realmente
provocó los cambios políticos que se han vivido
del 2 de julio del 2000 para acá. ¿Pesó más
el voto ciudadano o el dinero sucio de los Amigos de Fox para
llegar al resultado electoral que se aceptó entonces como
bueno? ¿De no haber delinquido Fox y sus amigos, tendríamos
este mismo gobierno?
Estos hechos, parcialmente sancionados por la ley, lo que nos
afirma que se cometieron delitos en agravio del país y
de sus ciudadanos, nos dejan ver que si bien existen avances en
nuestra democracia electoral respecto al pasado –los fraudes
no han sido tan masivos ni tan descarados como en 1988 y 1991,
aunque ciertamente si más sofisticados-, es preciso tomar
conciencia que el respeto al voto y la transparencia y rectitud
de los procesos electorales están aun en entredicho.
La sanción parcial por los delitos cometidos en torno
al caso de los Amigos de Fox y la resolución del Tribunal
Federal Electoral admitiendo la comisión de un delito y
aun así, imponiendo al delincuente en el cargo de Jefe
Delegacional en Miguel Hidalgo, Distrito Federal, así como
la parcialidad con la que hace a penas unos días se designaron
los integrantes del Consejo General del Instituto Federal Electoral,
constituyen graves retrocesos en la democracia electoral, que
no está consolidada, por lo que es difícil pensar
que en esas condiciones puedan tenerse avances reales en la apertura
de nuevos espacios democráticos, en los que el ciudadano
pueda elevar el grado de su participación en su calidad
de trabajador en un centro laboral, de usuario de servicios públicos,
de consumidor, de residente de una colonia o de una población.
La democracia que aspiramos construir no se limita a lo electoral,
que sin duda es fundamental para avanzar hacia otros ámbitos.
Se ha mejorado en el respeto al voto, que no es todavía
absoluto, como se ha visto en los casos citados de delitos y delincuentes
electorales y en varios de los procesos locales. Al tiempo que
se trabaja para consolidar la democracia electoral, es necesario
esforzarse por abrir otros espacios a las prácticas y a
la edificación democráticas para lograr un reparto
equitativo de la riqueza pública, para garantizar a todos
los habitantes del país oportunidades de mejoramiento equivalentes,
para tener una participación cada vez mayor de los trabajadores
en las decisiones de su centro laboral, para que todos podamos
ir ampliando nuestras participaciones en todas aquellas decisiones
que en una u otra forma afectan nuestras vidas.
Algo que especialmente debe preocuparnos hoy, es que los retrocesos
continúen y se pierda inclusive lo ya logrado. Enfrentamos
al PAN y al PRI, que, no olvidemos, desde que se empezaron a imponer
en el país las políticas entreguistas, de desmantelamiento
productivo y socialmente depredadoras del neoliberalismo, han
caminado juntos y del brazo.
La izquierda debe cerrar el paso a la continuidad de esas políticas
y a la efectividad de esa alianza, lo que puede lograr con su
unidad y buscando alianzas políticas y sociales, así
como coincidencias con sectores diversos de la sociedad.
Un elemento fundamental para promover la unidad y facilitar las
coincidencias lo constituye la propuesta programática que
se presente a la opinión púbilca.
Esta serie de pláticas y reflexiones colectivas que ahora
comienzan, darán sin duda una importante contribución
para ir formulando una propuesta común de las fuerzas de
la izquierda y de aquellas que en la circunstancia actual puedan
coincidir con ellas.
Debiéramos proponernos que de estos días de discusión
surja un grupo de trabajo al que se encomiende la elaboración
de una propuesta en la que la mayoría podamos encontrarnos
en nuestras aspiraciones y compromisos, y que gente que hasta
ahora no ha caminado políticamente con nuestras diferentes
agrupaciones, vea reflejada en ella sus anhelos y sienta que con
su participación la puede hacer viable y llevarla a la
práctica.
Este puede ser un paso decisivo para que una izquierda amplia
y plural sea la fuerza que oriente y determine la vida de nuestro
país. Las coincidencias que en estos días aquí
se expresen pueden ser el punto de partida de una importante edificación
política, que frente a las condiciones que observan las
fuerzas adversarias, tiene, a condición de actuar con responsabilidad
y anteponiendo a cualesquiera otros los intereses de la nación,
la gran oportunidad de atraer un apoyo mayoritario de la gente
y de ser factor decisivo para instrumentar en el país un
proyecto de soberanía, democracia y solidaridad social.
* * *
En lo inmediato, la tarea de la izquierda está en crecer,
en ganar presencia en las regiones y entre los grupos de población
donde hoy es escasa, en superar diferencias internas y presentarse
ante la opinión pública en actitud de unidad, al
través de sus propuestas y de las experiencias que ya puede
ofrecer de buena gestión de gobierno.
Pero nuestro proyecto no es un proyecto de corta realización.
La construcción de una nación no se visualiza sino
en el largo plazo.
Aspiramos a una sociedad igualitaria, a un país soberano,
a un régimen político democrático y de amplia
participación social, en el que se reconozcan los valores
del trabajo y la creatividad, dentro de un orden mundial equitativo,
justo y solidario
Alcanzar estos objetivos demanda para México el recate
pleno del ejercicio de su soberanía, esto es, tornar equitativa,
en primer lugar, la relación con Estados Unidos, lo que
será menos difícil si se actúa en el mismo
sentido junto con los demás países latinoamericanos
y en general con los del Tercer Mundo.
Las condiciones de nuestros intercambios deben modificarse y
volverse acordes con las de los productores con los cuales se
compite, tanto en los mercados internos como en los internacionales.
Debe en consecuencia abrirse la posibilidad de otorgar subsidios
a nuestros productores, de apoyarlos con condiciones de crédito,
intereses y adopción de tecnologías de punta similares
a los de los países más desarrollados.
En lo interno, en particular, deben restablecerse las condiciones
para un crecimiento sostenido de la economía, que genere
y garantice ocupación e ingreso dignos para la población,
tornar de nuevo productivo al campo, recuperar la banca de fomento
y desarrollar una banca nacional que de respuesta a las demandas
de la economía, empezando por transferir de la población
en general a la banca, el costo de su rescate, que se ha venido
haciendo con el esfuerzo y los recursos de todos los mexicanos.
El apoyo oficial concedido a la banca comercial debió considerarse
como un crédito con garantía de cartera y no como
una colocación de deuda por la que se recibió en
pago cartera vencida. El pago del principal y del servicio de
esa deuda debe realizarse con recursos fiscales, esto es, producto
de impuestos, y establecer un gravamen extraordinario sobre las
utilidades de la banca hasta cubrir los montos entregados por
el gobierno.
Prioridad en el terreno de lo social debe ser eliminar el hambre
de los hogares mexicanos, combatir la pobreza mediante profundas
transformaciones estructurales, que tiendan a una distribución
equitativa de la riqueza pública y a terminar con toda
clase de marginaciones.
Para terminar, debe quedarnos claro que los modelos neoliberales
impuestos en México y en otros muchos países en
estas últimas décadas, no son los únicos
posibles de llevar a la práctica. Existen otros caminos
posibles, más convenientes para las grandes mayorías.
Seguirlos exige romper ataduras y dependencias. Es posible hacerlo
reorientando las políticas públicas, recomponiendo
las relaciones y manteniendo los compromisos internacionales.
Esos son los caminos de la liberación. Esos son los caminos
de la izquierda.
México D. F.
5 de noviembre del 2003.
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