Mañana se conmemora el 66° aniversario de la Expropiación
Petrolera, por lo que es tiempo propicio para recordar y honrar
a Lázaro Cárdenas, quien hizo de la lucha por la
soberanía de nuestra nación la razón primordial
de su vida, cumpliendo así, además, con el compromiso
que por convicción propia asumió con las causas
reivindicatorias de la Revolución Mexicana.
Este siglo que comienza ha nacido cuando una vez más en
la historia de nuestro país, se dan fuertes embates contra
la soberanía nacional.
En la administración actual, esos embates no sólo
no han disminuido, sino que se han intensificado y han puesto
sus miras en nuevos objetivos: las leyes laborales, las pensiones
de los trabajadores, la distribución de electricidad, la
exploración y explotación de hidrocarburos, los
impuestos populares, la enajenación del territorio nacional.
El entreguismo, la falta de patriotismo y corrupción de
los gobernantes de las últimas dos décadas y de
sus beneficiarios en los mundos de la política y de los
negocios, han conducido al desmantelamiento de las defensas económicas,
culturales y políticas del país, así como
a la degradación de los valores éticos en la actividad
pública y en la convivencia social.
En estas condiciones, recuperar la conducción del país
a partir de decisiones soberanas, exige centrar el esfuerzo en
rescatar el ejercicio de esa soberanía para el pueblo mexicano
y en empezar a ejercitarla para su beneficio.
Es así que hoy la lucha política se libra en torno
a las políticas energéticas, a la preservación
de la integridad del territorio nacional y a recuperar condiciones
de crecimiento y desarrollo que permitan la satisfacción
de las grandes necesidades y una vida digna para todos los mexicanos.
Durante poco más de un cuarto de siglo, se ha venido poniendo
en práctica una política petrolera contraria al
interés nacional, centrada en la extracción de crudo
para la exportación, en el desmantelamiento de la industria
de transformación de los hidrocarburos y sus derivados
y en la apertura y entrega a intereses principalmente extranjeros,
contrapuestos a los de la nación, de áreas básicas
de la industria del petróleo, como son la exploración
y explotación, que la Constitución reserva en exclusividad
al Estado mexicano.
Esa política ha ocasionado la explotación irracional,
excesiva y con grandes desperdicios, depredadora de las reservas,
se ha desentendido de la exploración para encontrar nuevos
yacimientos y conocer con precisión los existentes, ha
cancelado oportunidades a la investigación y provocado
en la industria petrolera un grave rezago tecnológico,
que es indispensable revertir para, entre otras cosas, explorar
y aprovechar las riquezas que guardan los fondos marinos profundos
que corresponden a la soberanía de nuestra nación.
Una política petrolera en particular y energética
en lo general, diferente, muy diferente de la que han impuesto
los intereses del entreguismo y la desnacionalización,
resulta hoy indispensable.
La seguridad energética del país debe ser su primer
objetivo. México requiere, para satisfacer las necesidades
de la sociedad y de la economía –producción
industrial y agropecuaria, iluminación, transporte, aire
acondicionado, bombeo de aguas para usos domésticos y de
servicios urbanos- poco más de dos millones de barriles
diarios de petróleo, cantidad a la que debe agregarse un
millón más, que demanda el propio sector energético.
El desarrollo histórico, la solución constitucional
que la Revolución encontró a los problemas principales
del país para darle viabilidad hacia el futuro, condujo
a que se asignara a las industrias del petróleo, el gas
natural, la petroquímica básica y la electricidad
el carácter de estratégicas, estableciendo que su
manejo debiera corresponder con exclusividad al Estado. En base
a ello se creó Petróleos Mexicanos y con esa condición,
desde principios de la década de los sesentas del siglo
pasado, se han desarrollado la Comisión Federal de Electricidad
y Luz y Fuerza del Centro.
A lo largo de las dos últimas décadas, que corresponden
a la época de los gobiernos neoliberales, declaradamente
entreguistas, las presiones para privatizar las industrias energéticas
se han hecho cada vez mayores. En el caso de Petróleos
Mexicanos, esas presiones se manifiestan hoy en particular, en
el otorgamiento a consorcios extranjeros de contratos de servicios
múltiples, mediante los cuales, en clara violación
a la norma constitucional, se dejan en manos de esos consorcios
las decisiones para explorar y explotar el gas de la cuenca de
Burgos, en el noroeste del país, lo que debe verse como
un primer paso en la pretensión de que se abran otras regiones
del país y otras áreas de la industria a la inversión
privada extranjera.
Esos contratos forman parte de un proceso más amplio,
de integración energética de México a Estados
Unidos, que pretende no que sólo se explote el gas de Burgos
de acuerdo a la planeación decidida en el norte, sino que
en lo general se abra el subsuelo mexicano a la exploración
y explotación de compañías extranjeras, para
que éstas construyan ductos troncales para la distribución
de gas, para que la producción de hidrocarburos obedezca
a las necesidades y al diseño estratégico de ellos
y no al nuestro, para mantener a nuestro país prioritariamente
como abastecedor de crudo de mercados externos, preferentemente
el norteamericano, para lograr asociaciones con refinadoras extranjeras
para producir más gasolina y más gas licuado y para
abrir definitivamente la industria de los hidrocarburos a la competencia
de los privados.
En estas condiciones, es preciso se de plena vigencia a lo establecido
en los artículos 27 y 28 constitucionales, y que sea la
nación, como propietaria originaria de los recursos, la
única que opere las áreas estratégicas de
la industria petrolera y reciba sus rentas y demás beneficios.
Desde la segunda mitad de los años setenta se abandonó
el compromiso de un desarrollo integral de la industria y se le
orientó casi exclusivamente a la exportación de
crudo, lo que tuvo por efecto, entre otros, que se disminuyeran
drásticamente los recursos destinados a la exploración
y se mantuviera estancada la frontera petrolera del país,
situándose la reposición de reservas en un 25%,
muy por debajo del 80% del promedio internacional.
Además de que es indispensable aumentar los recursos que
se destinan a la búsqueda de nuevos yacimientos, es necesario
que la extracción de petróleo y gas no se realice
en base a una lógica fijada desde el extranjero, que tiene
como objetivo principal satisfacer mercados ajenos, motivo por
el que se llegó en diciembre pasado, al absurdo de una
irracional producción record de 3.891 millones de barriles
diarios equivalentes de petróleo. Para evitar excesos como
ese, es necesario se establezca legalmente la plataforma de explotación
de petróleo y gas, facultando al Congreso para ello, pues
se trata de una cuestión estratégica de seguridad
nacional que no debe quedar sólo en la responsabilidad
–o irresponsabilidad- del Ejecutivo y que tiene que ver
con presente y futuro de la nación.
La extracción de petróleo se ha elevado en los
últimos años a un promedio de 3.4 millones de barriles
diarios, con lo que se mantiene el equilibrio fiscal del Estado,
pero se afecta gravemente la viabilidad de los yacimientos. Frente
a la situación de las reservas, para prolongar su existencia
y darles un aprovechamiento racional desde puntos de vista estratégicos
–en lo internacional, económicos, sociales, ambientales-,
es necesario moderar la extracción de petróleo y,
por otro lado, resolver la contradicción hoy existente
de que si baja la exportación de crudo, se reducen consecuentemente
los ingresos del fisco.
Se tendrá que tomar la decisión de ir reduciendo
gradualmente, en un plazo que se fije con responsabilidad y racionalidad,
la exportación de crudo, hasta eliminarla, y al mismo tiempo
se tendrán que ir buscando otras fuentes de ingresos fiscales
que vayan substituyendo al petróleo. De ahí las
urgencias de una verdadera reforma hacendaria y de recuperar condiciones
de crecimiento para nuestra economía. Queda claro, por
otro lado, que frente a esta situación, es indispensable
desarrollar un verdadero sistema nacional de planeación,
en el que puedan inscribirse las previsiones y acciones de la
política energética que debe llevarse a la práctica
en el corto, mediano y largo plazos.
El país no puede mantener su industria petrolera orientada
en exclusiva a la exportación de crudo, que va casi todo
al mercado de los Estados Unidos. México, en función
de decisiones soberanas, debe buscar, junto con otros países
productores, la coordinación del mercado internacional,
con lo que se lograría dar estabilidad tanto a los precios
como al flujo de ingresos producto de la exportación. Estas
son razones de importancia para que las plataformas de explotación
las fije el Congreso y se dote así al organismo operador
con una base conocida y por lo tanto estable, para la planeación
y ejecución de sus actividades.
Al mismo tiempo que se busca diversificar el destino de las exportaciones
de petróleo, debe ampliarse la capacidad de refinación
en el país, con el objetivo de eliminar a la brevedad posible
las importaciones de destilados, que consumen más de 2500
millones de dólares anualmente. La nueva capacidad de refinación
debe vincularse con la cogeneración de electricidad, lo
que permitiría substituir las importaciones de gas y aprovechar
combustibles alternativos, como son los fondos de alto vacío,
los extractos demex, el coque y otros, diversificando así
las fuentes de energía y recurriendo a nuevas tecnologías,
con lo que no sólo se reduciría la importación
de petrolíferos, sino que se podría dar salida al
combustóleo de alto contenido de azufre.
En el rediseño de la política petrolera como conductora
del crecimiento económico, juega un papel muy importante
la recuperación de la industria petroquímica. Actualmente
la importación de petroquímicos supera los 7 000
millones de dólares. En las políticas del neoliberalismo,
los mercados petroquímicos del país se han dejado
a productores extranjeros, con lo que esta rama de la industria
nacional se ha visto fuertemente deprimida, cerrándose
en el curso del proceso desnacionalizador numerosas e importantes
fuentes de producción. La petroquímica, junto con
la refinación, deben constituir los ejes fundamentales
de una nueva política industrial. Deben recuperarse y ampliarse
las unidades de Petróleos Mexicanos, prioritariamente aquellas
que puedan integrar cadenas productivas. Pemex debe establecer
acuerdos de largo plazo con organismos públicos del sector
en el exterior y con firmas privadas, para fomentar todo tipo
de inversiones, sobre todo en los eslabones intermedios y finales
de las cadenas productivas. La producción petroquímica
debe impulsarse a partir del aprovechamiento de naftas e hidrocarburos
pesados y no ya con el esquema actual, basado exclusivamente en
el etano, lo que dificulta tanto la competitividad como la integración
de cadenas importantes.
Es urgente elevar la producción de gas natural hasta lograr
que la demanda interna sea cabalmente satisfecha por la producción
nacional. Actualmente se importa el 20% del consumo del país,
a precios que afectan la generación eléctrica y
a otras industrias. México posee vastas reservas de gas
natural, que deben aprovecharse con racionalidad, bajo la exclusiva
responsabilidad de Pemex. Por otro lado, resulta urgente, también,
prohibir se siga quemando el gas asociado, como sucede en los
depósitos de la Sonda de Campeche, donde se pierden diariamente
200 millones de pies cúbicos, que se recuperarían
al acelerar las obras para terminar la conexión del sistema
de compresión del complejo Cantarell.
En relación al aprovechamiento del gas natural, Petróleos
Mexicanos debe celebrar alianzas estratégicas con corporaciones
internacionales que han desarrollado y probado las tecnologías
que permiten explorar y aprovechar los depósitos de hidrocarburos
detectados en aguas profundas del Golfo de México y en
su litoral, donde se estima que existen 1 200 000 km2 con potencial
productivo, habiéndose hasta ahora sólo explorado
22% de la extensión continental y 4% de la del mar. A este
respecto, en una primera etapa, conviene ampliar la exploración
en la zona comprendida entre Tampico y Veracruz, así como
en las cuencas que se estiman potencialmente productoras del Golfo
de California.
Considerando que Petróleos Mexicanos tiene que seguir
aportando ingresos al fisco y que liberar al organismo de ese
compromiso requerirá, además de voluntad política
y medidas administrativas concretas, de un proceso largo en tiempo,
es de todas maneras urgente modificar el régimen fiscal
al que se tiene sometido al organismo. Se estima entonces conveniente
establecer gravámenes diferenciados de acuerdo a la productividad
de los campos, como estímulo a una explotación más
racional de los yacimientos, y se requiere llevar una contabilidad
individual a cada campo. Por otra parte, a Pemex debe dársele
una efectiva autonomía financiera y de gestión y
en lo particular, otorgársele capacidad para cubrir sus
compromisos fiscales municipales y estatales, a partir de un monto
de sus ingresos específicamente destinado a ello, que fije
el Congreso entre las medidas que tome para racionalizar el régimen
fiscal del organismo.
Actualmente, la relación productiva y comercial entre
las distintas filiales y áreas de trabajo de Petróleos
Mexicanos corresponde a precios establecidos en el extranjero.
Con el fin de dar mayores recursos al organismo, estas relaciones
deben establecerse a partir de los costos reales de las operaciones
de transferencia. Además, debe devolverse a Pemex un esquema
de organización corporativa integrada y no, como ahora,
coordinadora de filiales que se manejan en los hechos con decisiones
autónomas.
Por otro lado, con objeto de disminuir la aleatoriedad de los
ingresos de Pemex, es conveniente crear un mecanismo que atenúe
los cambios en los precios de los productos y proporcione estabilidad
a sus ingresos, para lo que el llamado fondo de estabilización
que ya opera en base a reglas fijadas sólo por la Secretaría
de Hacienda, debe convertirse en un efectivo fondo de estabilización
petrolera, establecido por ley y cuyo funcionamiento sea controlado
por el Congreso. Ese fondo estaría alimentado por los excedentes
del precio del petróleo fijado por éste en los presupuestos
de ingresos federales y se utilizaría para compensar caídas
en los precios internacionales y para invertir en la expansión
de Pemex.
Quiero finalmente referirme a dos asuntos puntuales. El primero:
los contratos de servicios múltiples que Petróleos
Mexicanos ha suscrito con varios consorcios extranjeros, a los
que ha concesionado vastas superficies de la región de
Burgos, en el noreste del país, facultando a estos grupos
para explorar y explotar gas natural, cediéndoles una función
que la Constitución reserva de manera exclusiva al Estado
mexicano.
Para echar abajo y cancelar estos contratos, retirando a los
particulares extranjeros de actividades que sólo competen
al Estado, se precisa que quien demuestre interés jurídico,
esto es, quien o quienes resulten directamente agraviados por
el otorgamiento de esos contratos a particulares, presenten ante
la autoridad judicial la demanda correspondiente.
Interés jurídico directo lo tienen los trabajadores
afiliados al Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República
Mexicana, a quienes se ha afectado su materia de trabajo, al ser
desplazados de los lotes concesionados en Burgos, por trabajadores
de los consorcios contratantes. En esas condiciones, la representación
nacional del Sindicato o las secciones del mismo desplazadas de
Burgos, debieran ya presentar demandas reclamando se les reconozca
su derecho a ocupar esas plazas de trabajo y que la actividad
sea realizada por Pemex. Convoquemos a este sindicato y al conjunto
de los trabajadores petroleros a encabezar la lucha por hacer
cumplir la Constitución, rescatar para el Estado esas decisiones
y esas actividades estratégicas y abrir esos puestos laborales
a trabajadores del sindicato petrolero.
El otro asunto al que me quiero referir, es el de la concesión
que el gobierno foxista pretende otorgar al consorcio Texaco-Chevron,
para construir una planta de regasificación de gas licuado
en la estrecha porción comprendida entre el territorio
continental de Baja California y las Islas Coronado, situadas
a corta distancia de las costas de aquella entidad. Aduce el gobierno
para entregar la concesión, que la planta que ahí
se instalaría para abastecer el Estado de California, de
los Estados Unidos, generaría beneficios para nuestro país
–salvo alguna derrama económica por empleo, no se
visualizan otros y lo que si se ve son riesgos de afectación
de recursos naturales, tanto marinos como terrestres, que corresponden
a la soberanía mexicana-.
Considero, compartiendo la opinión de legisladores, técnicos
petroleros y estudiosos de la historia que compartimos con nuestro
vecino del norte y de los avatares de nuestra soberanía,
que permitir la instalación de esa planta en el mar territorial
mexicano inmediato a las Islas Coronado, al tratarse del suministro
de un material estratégico para la economía californiana,
si por alguna razón el Estado mexicano tuviera en el futuro
necesidad de cancelar esa concesión, se toparía
no con un consorcio productivo y comercial, sino con los intereses
estratégicos del Estado norteamericano. Ya ha vivido México
experiencias de este tipo, y desde principios del siglo XIX, no
han sido pocas las acechanzas e intentos norteamericanos para
apoderarse de la península de Baja California.
Con toda certeza ese proyecto puede ubicarse en territorio o
en aguas de los Estados Unidos. Que lleve a la Alta California
y a sus islas de San Clemente o de Santa Catalina sus posibles
beneficios y la contaminación ambiental que provoque. No
permitamos que se ceda un ápice de nuestro territorio,
mantengamos su plena integridad, si hoy se entrega a extranjeros,
se estará incubando un conflicto cuando la nación
tenga necesidad de recuperar el control de esa porción,
así se diga que es extremadamente pequeña, de tierra
mexicana.
Nota.- Una parte de la información que aquí aparece,
está tomada del documento “Lineamientos de política
energética nacional” de la Mesa Ciudadana de Observación
de la Energía (5 de febrero del 2004).
1 "About that close election..." en The New York Times,
15 de marzo del 2004.
2 Miguel de la Madrid H. (con la colaboración de Alejandra
Lajous): Cambio de rumbo. Testimonio de una Presidencia -1982-1988.
Fondo de Cultura Económica. México. 2004
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