Agradezco a la Universidad de Guadalajara y en particular a los
ingenieros agrónomos de la generación 1964-1969,
la primera que egresara de su Escuela de Agricultura, apadrinada
hace 35 años por mi padre, el general Lázaro Cárdenas,
la invitación para acompañarlos en las celebraciones
de los 40 años de la Escuela y los 35 de haber dejado las
aulas para entrar de lleno a la vida profesional.
Al egresar aquella primera generación de agrónomos
de esta Universidad, ocasión en la que tuve la satisfacción
de estar presente, mi padre les dirigió un mensaje en el
que, reafirmando su convicción en la bondad de la acción
agraria concebida, planteada y llevada a cabo por los hombres
de la Revolución Mexicana, pasó revista a la situación,
entonces, de la reforma agraria, a los obstáculos que encontraba
y los caminos que debían seguirse para que pudiera cumplir
a cabalidad con sus objetivos de redención campesina, justicia
social y contribución a la producción y al progreso
económico del país, así como al papel que
en ello correspondía a los ingenieros agrónomos.
“Permítanme –les dijo aquel 10 de agosto de
1969 a quienes recién egresaban- que en ocasión
tan honrosa para mi, haga algunas reflexiones sobre la profesión
que han escogido. Ésta requiere de ustedes disposición
de trabajar en el campo, un sentido social acendrado y un interés
por impartir sus conocimientos entre los campesinos, indígenas
y trabajadores agrícolas, junto con una decidida vocación
de protegerlos y orientarlos en defensa de sus derechos”.
Hizo, además, un reconocimiento a la labor visionaria
de los constituyentes de Querétaro en cuanto a los principios
que plasmaron en la Carta Constitucional en relación a
la cuestión de la tierra, los logros indiscutibles del
reparto agrario, se refirió también a los intereses
que impedían el desarrollo del ejido y lo que había
que hacer para que éste pudiera cumplir con sus finalidades
sociales y económicas, a la nueva concentración
de la propiedad rural, a la falta de crédito y de apoyos
del Estado para los campesinos, al minifundio, a la explotación
forestal irracional, al abandono de los núcleos indígenas,
situaciones y problemas que hoy en lo general subsisten.
La Revolución Mexicana respondió en su momento
al reclamo de los campesinos poniéndolos en posesión
de la tierra. Con ello, no sólo reivindicaba sus derechos
sociales y les restituía la dignidad y su condición
de hombres libres, sino que les abría al mismo tiempo la
posibilidad de un futuro de oportunidades para mejorar ellos y
sus familias. Por otro lado, con las acciones llevadas a cabo
en relación al campo y a los campesinos, se creaban las
condiciones para modernizar, incrementar y diversificar las producciones
rurales y contribuir con ello, de manera más efectiva,
al crecimiento económico del país.
El reparto de la tierra constituyó el gran compromiso
social de la Revolución con la nación y con la gente
del campo en lo particular, que quedó plasmado en el artículo
27 de la Constitución y con base en él, en el transcurso
de casi nueve décadas, los núcleos rurales están
en posesión de más de 100 millones de hectáreas.
De 1911, cuando Emiliano Zapata proclamó el Plan de Ayala,
y 1913, cuando Lucio Blanco y Francisco J. Múgica, como
integrantes del Ejército Constitucionalista llevaron a
cabo el primer reparto agrario de la Revolución, hasta
ahora, muchas han sido las vicisitudes, las altas y bajas de la
reforma agraria y de las condiciones de desarrollo y de vida del
campo y los campesinos, pero nunca como ahora ha sido tan precaria
la situación de la población rural, tan negro su
presente, tan incierto su futuro, tan absoluto el abandono del
campo y sus trabajadores por parte del Estado, esto es, se ha
llegado a una situación social y económica que con
el paso del tiempo, sobre todo a partir de que se impusieron a
nuestro país las políticas del neoliberalismo, se
ha venido deteriorando más y más, principalmente
en aquellas regiones y para aquellos grupos de población
que se encuentran fuera de las economías de exportación.
En 1991 el gobierno, ante la caída de la economía
rural y el creciente deterioro en los niveles de vida de la población
del campo, planteó, falazmente, pues sus propósitos
fueron siempre otros, que la reactivación de la producción
agrícola y la elevación sostenida de las condiciones
de vida de los campesinos sólo serían posibles mediante
el cambio del régimen de tenencia de la tierra, cancelando,
si no en la ley si en la práctica, el derecho de los campesinos
carentes de tierra a reclamarla del Estado y abriendo las posibilidades
de privatizar y a partir de ello, comercializar las tierras de
ejidos y comunidades, así como de concentrar la propiedad
rural, con lo que el latifundio podría reconstituirse con
sustento legal.
Se pusieron entonces oídos sordos a las voces –algunas
incluso desde el seno del régimen mismo- que con compromiso
y lucidez señalaban que la solución al problema
del campo no se encontraba en cambiar el régimen de tenencia
de la tierra, sino en aumentar las inversiones en obras de infraestructura,
fortalecer productivamente al ejido, restablecer los servicios
de extensionismo y ampliar y elevar la calidad de la asistencia
técnica, fortalecer la investigación agropecuaria
y forestal, incrementar substancialmente los volúmenes
del crédito a la agricultura, integrar las cadenas productivas,
llevándolas desde el cultivo de la tierra y la producción
primaria hasta la agroindustria y la comercialización de
los productos, mejorar la educación y la capacitación
de la gente del campo, en incorporar los avances de la ciencia
y la tecnología a las actividades rurales.
Ahora bien, la contrarreforma agraria que se impuso en la Constitución
al modificarse el artículo 27, no llegó sola. Se
redujeron también, drásticamente, las inversiones
y los créditos destinados al campo. Se empezó al
mismo tiempo la apertura indiscriminada y sin reciprocidad de
nuestras fronteras a los productos agrícolas del exterior
y se dio una negociación del acuerdo de libre comercio
con Estados Unidos y Canadá que dejó desprotegidos
y en el abandono a amplios sectores de productores rurales. La
migración hacia el norte, ya de por si cuantiosa, cobró
un ritmo mucho más acelerado.
Una de las tantas consecuencias de la contrarreforma agraria
y del abandono del campo fue, sin duda, el levantamiento del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional el 1 de enero de 1994,
que va ya a cumplir los 11 años.
La experiencia vivida en estos años de globalización
e integración nos dice, claramente, que no había
necesidad ninguna de modificar el régimen de tenencia de
la tierra, sino de recuperar las responsabilidades sociales del
Estado mexicano respecto a la población rural y el campo,
y dar los pasos necesarios para que el campo se recuperara productivamente
y los productores nacionales se tornaran competitivos, en los
mercados del país y en los internacionales, frente a los
productores del exterior.
Los planteamientos hechos hace 35 años aquí por
Lázaro Cárdenas para dar solución a los problemas
del campo mantienen vigencia: “…precisa –dijo
en su reflexión de entonces- adoptar los procesos de organización
y de trabajo en el campo para elevar la productividad agropecuaria
y garantizar que los programas científicos y técnicos
de la agricultura beneficien fundamentalmente a quienes dedican
su energía al cultivo de la tierra…
“La organización del trabajo y de la producción
ejidales puede lograr todas las ventajas que se atribuyen a la
explotación particular en cuanto se refiere al empleo racional
de los recursos humanos y los elementos técnicos modernos
para aumentar la productividad. Es más, los ejidatarios,
por su propia condición social, pueden adaptarse y cooperar
con mayor eficacia en el desarrollo de una planeación agrícola
nacional que les proteja y al mismo tiempo, fortalezca la posición
del país en el mercado internacional.
“Las necesidades de crédito de los ejidatarios han
sido, sin duda, hasta hoy, mucho mayores que la capacidad crediticia
de las instituciones oficiales destinadas a otorgarlo. Ante este
problema el gobierno tiene que buscar los recursos necesarios
para cubrir tan ingentes necesidades, garantizando y protegiendo
los intereses de los ejidatarios para que éstos, a su vez,
puedan cumplir con sus obligaciones. De lo contrario, no nos extrañemos
que los ejidatarios se vean obligados a rentar sus parcelas y
en ocasiones, hasta abandonarlas y alquilar su trabajo para subvenir
a las necesidades más apremiantes. Dejarán de hacerlo
cuando el Estado llegue a invertir en el ejido los fondos suficientes
para los cultivos y se eviten procedimientos que atenten contra
el propio ejido…
“El minifundio –expresó en aquella misma ocasión-
que representa una pequeña célula social de autoconsumo,
es antieconómico en el campo de la producción nacional
pero procura los medios de vida, muy precarios por cierto, a miles
de familias campesinas que están en espera de una eficaz
ayuda. Este problema… tendrá que abordarse con nuevas
formas de acción agraria, como por ejemplo, la formación
de unidades cooperativas de producción y de consumo en
su nivel más elemental, para ir adoptando, gradualmente,
niveles cooperativos más avanzados…
“A los núcleos indígenas –señaló
también- debemos prestarles una mayor atención…
Los indígenas de hoy, sólo han recibido como herencia
su grandeza pretérita, su reciedumbre espiritual, sus idiomas,
costumbres y tradiciones. No han faltado quienes pretendan borrar
esa herencia, en vez de abogar por la integración económica
y social de los indígenas, sin que necesariamente pierdan
sus singularidades, las que tanto han contribuido a la formación
de la idiosincrasia mexicana…”
Desde que Lázaro Cárdenas hiciera aquí estos
señalamientos para acá, nuevos factores de retroceso
han aparecido para la reforma agraria: la contrarreforma constitucional
del 91-92, una negociación parcial y entreguista de los
acuerdos comerciales internacionales, el Acuerdo de libre comercio
de América del Norte signado con Estados Unidos y Canadá
en particular, un fuerte crecimiento de la población y
un dramático incremento de la pobreza, que reclaman hoy
acciones tanto en aspectos directamente relacionados con las cuestiones
agrarias como en otros campos de la actividad económica
y social.
Es preciso restituir a los campesinos el derecho a reclamar tierra
del Estado, dando a la parcela el carácter de patrimonio
familiar inalienable, y legislar para transformar ese derecho,
cuando no sea factible satisfacer la demanda de dotación
de tierra de los núcleos agrarios solicitantes, en un derecho
al trabajo, garantizando el Estado la viabilidad de su ejercicio.
Es necesario que se reconstituyan la banca de fomento y las instituciones
auxiliares para almacenaje, comercialización y exportación
de los productos del campo, así como los sistemas de asistencia
técnica y transferencia de tecnología, como servicios
oficiales.
Las condiciones impuestas por el Acuerdo de libre comercio de
América del Norte resultaron, como bien se previó,
gravemente desventajosas para los productores mexicanos de cereales,
frijol, oleaginosas, café, azúcar, lácteos
y ganado, entre otros. Corregir esta situación exige nuevas
negociaciones con los otros socios firmantes también del
Acuerdo, alegando la parte mexicana, como está previsto
puede hacerse en el texto del propio Acuerdo para casos como ésos,
la causal de daño o amenaza de daño a la producción
nacional, lo que bien puede demostrase con la pérdida de
empleos, la desarticulación de cadenas productivas, la
caída del producto agropecuario y forestal, así
como del ingreso de la población rural, los campos de cultivo
abandonados, la migración hacia el norte.
Por otra parte y sobre este mismo asunto, el gobierno mexicano
debiera plantear a sus dos socios del ALCAN la suscripción
de un addendum de cooperación trilateral para el desarrollo,
lo que implicaría comprometer a los tres países
en un esfuerzo de cooperación no sólo en el terreno
comercial sino también en otras áreas de la producción,
incorporando objetivos de desarrollo social y económico,
así como los mecanismos para alcanzarlos, como pueden ser,
entre otros, la creación de fondos de inversión
destinados específicamente a reducir las asimetrías
económicas existentes.
Es indispensable, asimismo, lanzar un programa para la refuncionalización
productiva de ejidos y comunidades, tomándolos de uno en
uno, región por región, hasta tener efectivamente,
un campo en condiciones óptimas de producción y
productividad en toda la nación.
El problema de Chiapas, que subsiste desde el 1 de enero de 1994
y cuya solución fue frenada al desconocer el gobierno la
firma de sus representantes en los Acuerdos de San Andrés,
precisa ser resuelto. Hace falta para ello, en primer lugar, voluntad
política por parte del Ejecutivo, que debe buscar con respeto
y seriedad restablecer los contactos y el diálogo con el
EZLN, y por otra parte, dar cumplimiento a la parte que corresponde
al Estado de los Acuerdos de San Andrés, lanzándose,
con toda responsabilidad y firmeza, a una acción de convencimiento
de las distintas fuerzas políticas para que las iniciativas
de ley que conocemos como Ley Cocopa lleguen a ser aprobadas por
el Congreso. Este sería un paso trascendente para lograr,
en el presente y con proyección hacia el futuro, la distensión
en la región y la estabilidad política y la tranquilidad
social no sólo en la zona de conflicto, sino en la nación
entera.
Resolver el problema de Chiapas significaría crear condiciones
distintas a las actuales en todas las regiones y para todos los
grupos indígenas del país, avanzando en su verdadera
integración a la comunidad nacional al fortalecer y ampliar
sus derechos, respetando y preservando sus tradiciones y peculiaridades,
proyectando sus culturas y aprovechando sus saberes y potencialidades.
Llevar a la práctica con éxito el conjunto de reformas
constitucionales, la concepción y ejecución de programas,
la creación y el fortalecimiento de instituciones, requiere
crear conciencia de lo que es necesario hacer entre los campesinos,
los profesionistas e investigadores vinculados al campo, organizaciones
sociales, partidos políticos, legisladores, gobernantes,
y lograr el esfuerzo concertado de todos ellos, así como
la acción solidaria de otros sectores de la sociedad.
Estas son algunas ideas que me permito dejarles, en ocasión
en que la Universidad de Guadalajara celebra los 40 años
de su Escuela de Agricultura y 35 de que Lázaro Cárdenas
apadrinara a la primera generación de ingenieros agrónomos
egresados de sus aulas.